Te despierta el ruido a vidrio roto y no tardás ni un segundo en pasar del desconcierto a la furia. De un manotazo encendés el velador, salís de la cama en cueros y pantalón piyama, te calzás las ojotas y encarás para la puerta. El bochinche hizo ladrar a los perros del barrio. Clara te pregunta mil veces qué vas a hacer, pero sólo oís la sangre golpeando en tus oídos. A la carrera agarrás las llaves de casa y del auto y, en un rapto de inspiración, un buzo que hay sobre una silla. A la enésima pregunta de Clara decís (no gritás, pero es como si rugieras) -Voy a reventar al hijo de puta- y salís de la casa.
Sabés que no puede estar muy lejos, que va por la avenida Güemes en su patética bicicleta, desandando los cinco kilómetros que hizo desde su casa en el centro de Mosconi sólo para romper tu ventana de un ladrillazo, así que te tomás un rato para calmarte. Ya sentado al volante de tu dodge te mentís diciéndote que te calmás para actuar racionalmente, que vas a darle un susto para que le quede claro que con vos no se jode, pero en realidad sólo estás esperando que se te pase la furia ciega que te hubiera hecho chocar contra el único poste de alumbrado, y te quede un odio cristalino bajo el que sos un arma implacable. Ya las manos casi no te tiemblan, el buzo está en el asiento del acompañante, y te sacás las ojotas para tener máxima sensibilidad en los pedales. Calculás que el ex de Clara habrá hecho medio kilómetro y decidís que lo vas a alcanzar a la altura del puente. Arrancás levantando un poco de tierra.
Mosconi podría ser la última localidad del conurbano o el primer caserío pampeano. La avenida Güemes es en realidad una ruta, la única vía asfaltada y relativamente bien iluminada de la zona, y para vos son una ventaja esos cuatro kilómetros sin lomos de burro. A esa hora nadie circula (cada dos horas pasa Autotransportes Güemes, a toda máquina, haciendo vibrar hasta el último bulón). Acelerás a fondo. Pensás en Clara llorando, es como si estuvieras viendo las barbaridades que sabés que le hizo, y sin querer apretás fuerte el volante, como anclándote de este lado de la furia, sujetado por un último hilito. El tipo es uno de esos por los que las feministas radicales inventaron la categoría “clase fálica”, concepto que te revienta. El tipo es de los que se paran ante las cosas y la gente con aires de patrón, todavía se cree dueño de Clara. El tipo es de los que sólo están seguros si se les teme, y por eso sabés que es un gran cagón. Un hombre con pelotas se arriesga a buscar que su mujer lo quiera, no la retiene con miedo. Pero sabés que tenés que ser prudente, la comisaría es terreno hostil. Sabés que el padre del sorete que ya divisás como una lucecita anudó con la yuta de Mosconi un entendimiento en tiempos en que los cagones estrecharon filas para reventar a los soñadores, y viste por vos mismo que esa camaradería cagona extiende sus tentáculos de algún modo hasta los tribunales de Morón. Estás solo en esto.
Al final del puente está Arturo Becerro, calle tan ignota como el procer homenajeado, estrecha, tortuosa y sin casas. Querés que se escape por ahí, arreglándose con la lamparita de su bicicleta y quedando a merced de las los faros de tu dodge. Te sobra velocidad para alcanzarlo ahí, y la bajás con estilo: apretás el embrague a fondo, ponés las luces altas y usás el acelerador teatralmente, haciendo rugir y ronronear al motor como un león furioso. El tipo mira para atrás y acelera desesperado, ya es tuyo. Como esperabas se tira por Becerro. Vos frenás del todo, ponés primera y entrás arando y haciendo un nubarrón de tierra que las luces del dodge (vos te das cuenta) hacen lucir siniestro. Tu jugada fue racional y perversa: en Güemes sólo podías atropellarlo o pasar de largo, pero Becerro ofrece una falsa igualación donde podés justificar hacer tronar tu motor siempre en primera, siempre encima del tipo, alumbrándolo con las luces altas y convirtiéndolo en víctima de thriller hollywoodense. Cada tanto mira estúpidamente para atrás, sólo para encandilarse y aterrarse.
El tipo se mete por una picada por la que tu auto no pasa y disfrutás pensando en cómo se va a embarrar. Conocés esos caminos mucho mejor que él y vas a esperarlo a la desembocadura. Apagás el auto. Descubrís que al rato de estar a oscuras se distinguen contornos en escala de grises: está nublado, y las nubes hacen de pantalla de las luces de Buenos Aires anaranjándose al este. La espera se te hace larga y por un momento temés que en un chispazo de inteligencia haya pegado la vuelta, pero tenés que aguantar la carcajada cuando lo ves por fin asomar, apeado de la bicicleta, con la luz apagada y seguramente mucho más embarrado y cagado en las patas que en tus mejores fantasías. El tipo se dispone a echarse a andar y vos, que estás hecho un artista del pánico, encendés luces altas y motor de un saque magistral (tenés que reconocer que el autito se re porta). Las luces muestran todo su barro y su terror, a su primer intento de subirse a la bicicleta cae patéticamente, y al segundo sale a toda carrera. Salís otra vez en primera, siempre haciendo sonar el auto como largada de TC, hasta que el tipo vuelve a meterse en una picada. Esta picada se bifurca y ya te aburriste, te parece que ya tiene bastante material menoscabante en el cuerpo y empezás a volverte.
Ya casi sobre Güemes caés en la cuenta de que, haga lo que haga, va a tener que salir por Becerro, y eso refresca tu apetencia de venganza. Todavía podés darle un buen susto final con algo mínimo, algo que cuando llegue a su casa mugriento y lastimado realmente lo haga odiarse. Ponés el auto de culata entre unos arbustos, a veinte metros de Güemes. Sabés que no te va a ver hasta último momento, que encendiendo y apagando la luz de giro justo cuando pase por delante podés llegar hasta a tirarlo de la bicicleta. Te acomodás, sabés que la espera va a ser larga. Ves el buzo en el asiento del acompañante y caés en la cuenta de que tenés frío. Te lo ponés. Una satisfacción perversa te inunda y te recorre, pero bien sabés que no estás hecho: ves desfilar por tu memoria los miedos de Clara y de tu hermana, el auto de tus viejos ardiendo, tantos testigos que no atestiguan porque 'no quieren quilombo', las causas penales que misteriosamente se empantanan... Y el hambre vuelve. Paciencia, ya va a asomar.
Ya perdiste la noción del tiempo; hace frío y te caés de sueño sobre el volante. Si tarda tanto en volverse, pensás, debe estar realmente aterrado. O tal vez rompió su bicicleta por alguna picada y quedó a pie. El rugido lejano de un Autotransportes Güemes a toda marcha te despabila y entendés que ya querés volverte; te desperezás, te acomodás en el asiento y estás por echar mano al encendido cuando ves encenderse la luz de la bicicleta; el tipo se trepó a ella y empieza a pedalear como para la medalla olímpica, como no pudiendo creer que el camino está libre y tratando de ganar la avenida antes de que el milagro se desvanezca. Entre tanto el colectivo se ha hecho más que audible, ya es un estruendo que avanza a Mosconi con algún par de pasajeros somniolentos, con el misterioso apuro de los choferes a la madrugada. Te acomodás, ponés la mano sobre la luz de giro, el tipo está pasando frente a vos, a toda carrera, las chapas y las tuercas del bondi se quejan a metros de la esquina, y presentís que empuñás una escopeta de doble caño. Y disparás.
El tipo se tapa la cara con un brazo, como si la luz de giro le quemase la vista, y recorre los veinte metros hasta la esquina así, ciego y a la carrera. Ya sobre Güemes, ya siendo el colectivo el que lo alumbra, ya sin tiempo ni para bocina ni para freno, y todavía estúpidamente con el brazo en la cara, es engullido por el monstruo. El típico golpeteo de la suspensión en los lomos de burro no deja lugar a dudas. El micro frena a una buena cincuentena de metros. Desde el dodge ves apenas un bollo que no permite distinguir tipo y bicicleta. Con el motor aún encendido el chofer baja y corre hacia el amasijo, pero a mitad de camino para en seco y se da vuelta. Está flexionado, con las manos en los muslos. Entonces te caen las fichas: 'lo maté', te decís, y lo repetís incrédulo. El chofer vuelve a su micro, seguramente para llamar a la policía, y te das cuenta de que es hora de esfumarte. Con el motor del Güemes encendido y el chofer aturdido en su cabina, mirando para Mosconi, nadie va a verte pasar. Encendés el motor con cautela, ponés primera y arrancás con sigilo, sin nubes de polvo ni rugidos. Pasás con cuidado de no tocar ni mirar el amasijo y tomás Güemes hacia tu casa. 'Lo maté'. Sabés que te vas a llevar tu secreto a la tumba; a Clara le vas a decir que lo insultaste por la ventanilla y despues te fuiste a la rotonda YPF a putear a los gritos hasta que se te pasó. 'Lo maté', no podés parar de decirte. 'Lo maté... Con la luz de giro'. Y no podés evitar una sonrisa ni, en seguida, la carcajada.
viernes, 9 de abril de 2010
jueves, 1 de abril de 2010
La Ciencia y el Chaque Heure. Hoy: Flexibilidad Laboral
La Ciencia y el Chaque Heure es la columna de divulgación científica de Bituin Noumor.
Respecto de las presuntas bondades de la flexibilidad laboral hay dos grupos sociales para quienes no hay nada que discutir. Si usted es un economista de la city o afín, usted cree firmemente que los mercados son La Respuesta a Todas Las Preguntas y seguir leyendo esto le representará una pérdida de tiempo. Por otra parte, si para usted los economistas de la city son sujetos despreciables e indignos de toda confianza por definición (grupo al que pertenezco) tal vez este documento le resulte entretenido, pero no muy revelador. Mi interés sin embargo es esa enorme mayoría de gente cuyos intereses no pasan por la teoría económica y se ve forzada a tomar partido, si lo hace, creyendo en referentes. Frente a ellos mi escuela está en franca desventaja, porque los economistas de la city y afines han tenido una viveza publicitaria muy efectiva: presentarse ante la sociedad como científicos. Alguien abre el diario y se entera de que un matemático se ganó el premio nobel de economía por haber elaborado la Teoría X, y vaya usted a discutirle. Igual que en las publicidades de jabon en polvo, basta con dar garantías de que algo está “científicamente demostrado” para clausurar todo debate y acusar de oscurantista a quien se atreva a ofrecer resistencia. Espero ser muy claro en mi crítica: voy a analizar esto como científico, no pongo en duda la disciplina. Pero a la hora de divulgar los hallazgos de la ciencia se recurre a una falacia; no existe tal cosa como “hechos científicamente demostrados”. Es al reves, son las teorías y los modelos los que deben someterse al juicio de los hechos, y las sentencias siempre son provisorias.
Entremos en materia. Nuestro objeto de estudio es eso que llaman “mercado laboral”. La mercancía: horas de trabajo humano, cuyo precio se conoce como “salario”. En ese mercado un grupo de gente oferta su fuerza de trabajo y las empresas la compran como un insumo más. O sea, los laburantes proveen la “oferta” y las empresas la “demanda”. Quienes intentan vender su fuerza de trabajo y no lo logran son los “desempleados”. El modelo que usan los economistas de la city y afines es, naturalmente, la “ley de la oferta y la demanda”, que tiene una formulación matemática muy elegante pero que voy a sintetizar en: a mayor el precio mayor la oferta y menor la demanda. Y aquí el brillante argumento: cuando los gobiernos populistas y los sindicatos codiciosos (uso sus términos) imponen al mercado salarios demasiado elevados la oferta es mayor que la demanda, por lo tanto muchos trabajadores no podrán vender su fuerza de trabajo y el desempleo será elevado. Solución: librar el salario a las “fuerzas del mercado”, para que baje lo suficiente para desalentar la oferta. De esa manera, razonan, todos los que buscan trabajo lo tendrán y no habrá desempleo. Así de simple, científico y brutal.
Quienes no hayan tenido contacto con literatura económica pero sí hayan buscado trabajo seguramente sintieron que desde el comienzo del párrafo anterior algo estaba completamente fuera de lugar. Cuando uno busca trabajo lo último que siente es ser el oferente, la propia expresión “buscar trabajo” lo demuestra. ¿No lee uno a la sección “ofertas de trabajo” de los clasificados? Sin embargo la estructura lógica del razonamiento luce impecable. Científica. ¡Y lo es! El punto es que todo razonamiento, por riguroso que sea, parte de hipótesis. Hay que suponer cosas, y para ese paso la ciencia no ofrece método. Cuando uno decide suponer que el mercado laboral está regido por la ley de la oferta y la demanda está suponiendo cosas muy fuertes acerca de las empresas y, sobre todo, de los laburantes. Y en ese primer paso en que la ciencia es impotente (sí, impotente) es donde entran en juego inevitablemente consideraciones ideológicas.
La ley de la oferta y la demanda es un modelo científico para estudiar las transacciones comerciales. De hecho es el más simple de todos, y por eso el más estudiado. Por supuesto que solo quienes hayan desoído mi consejo y leído hasta acá entre indignaciones pueden ser tan fanáticos para suponer que el modelo más simple funciona siempre bien y sin excepciones. Por empezar, y sin entrar en consideraciones técnicas como la asimetría de la información y otras imperfecciones bien estudiadas de los mercados, para que la lógica oferta-demanda tenga sentido la transacción debe ser absolutamente opcional para ambas partes. Pongamos un ejemplo: supongamos que tengo un auto. Quedarme con él tiene para mí un valor porque me sirve, así que si pretenden pagarme demasiado poco por él simplemente me lo quedo y lo uso. A los posibles compradores les gustaría viajar en auto, pero si pido demasiado por deshacerme de él preferirán seguir viajando en colectivo. El mercado de trabajo carece de este requisito elemental: para un laburante, incluso un profesional de altos ingresos, vender su fuerza de trabajo es la única opción que tiene para comer, pagar los servicios, irse de vacaciones. La fuerza de trabajo no vendida carece por completo de valor. Pero los economistas de la city y afines no creen eso: creen que el tiempo que uno no gasta trabajando en una empresa lo disfruta como “ocio” y le llaman al salario no ganado por quedarse en casa “precio del ocio”, que el laburante “paga” por holgazanear. O sea, y usando sus términos, si el salario es lo bastante bajo los trabajadores preferirán “comprar ocio”, que está barato, y quedarse en casa. Esto es una postura claramente ideológica. ¿Le suena la frase “en este país no trabaja el que no quiere”?
Esta (im)postura de los economistas de la city y afines es particularmente sorprendente cuando se tiene en cuenta la teoría a la que ellos mismos adscriben para estudiar los patrones de consumo y ahorro de la gente, punto sobre el que existe evidencia empírica abrumadora y probablemente el único en toda la macroeconomía en que todas las escuelas de pensamiento están de acuerdo (acá los economistas de la city cuentan como una escuela). Esta teoría afirma que la gente decide cuánto consumir y cuánto ahorrar no de acuerdo a su ingreso actual sino al ingreso promedio esperado para toda la vida e incluso planeando dejar herencia. Como quienes gastan y ahorran lo hacen esencialmente con el dinero que ganan laburando, la más elemental coherencia exige una compatibilidad entre la actitud ante los gastos y ante la búsqueda de ingresos. Veamos cómo razona un economista decente como el premio nobel e insospechado de todo comunismo Joseph Stiglitz: en su trabajo “Unemployement and Wage Rigidity when Labor Supply is a Household Decision” (un paper matemáticamente impecable) hace la suposición de que el plan de ingresos y gastos se hace en los hogares. Si en un hogar trabaja uno solo, y en un momento el salario baja de modo que no le permite a esa familia mantener su tren de vida, más miembros de la familia saldrán a buscar trabajo. Como consecuencia, se invierte el razonamiento ortodoxo: ¡Una baja del salario puede aumentar el desempleo!
Y hablando de (im)posturas: ¿Qué ocurre si el sostén de un hogar finalmente se rinde y no busca más trabajo? ¿Qué hace de su vida? Esa persona, es cierto, no cuenta como desempleada; a ella debe aplicársele una categoría que no entra en el lenguaje de los ortodoxos: pasa a ser un excluído. Una persona que no se valora, y sobre todo, que no tiene nada que perder. Entonces los mismos economistas de la city y afines se asustan y claman por “seguridad”, es decir, cuarentena de la casta que ellos mismos contribuyeron tan eficientemente a crear.
Hay algo que me intriga cada vez que pienso en estas cosas. Si usted es un economista de la city y aguantó hasta acá, le pregunto: pese a su preciosa casa, su(s) auto(s) y sus contactos usted es seguramente un asalariado. Es, si me permite la insolencia, un proletario. ¿Qué haría usted de su vida si le redujeran el salario a la décima parte? ¿Compraría mucho ocio aprovechando la ganga? ¿Está usted dispuesto a aplicar a su persona sus tan científicos modelos?
Respecto de las presuntas bondades de la flexibilidad laboral hay dos grupos sociales para quienes no hay nada que discutir. Si usted es un economista de la city o afín, usted cree firmemente que los mercados son La Respuesta a Todas Las Preguntas y seguir leyendo esto le representará una pérdida de tiempo. Por otra parte, si para usted los economistas de la city son sujetos despreciables e indignos de toda confianza por definición (grupo al que pertenezco) tal vez este documento le resulte entretenido, pero no muy revelador. Mi interés sin embargo es esa enorme mayoría de gente cuyos intereses no pasan por la teoría económica y se ve forzada a tomar partido, si lo hace, creyendo en referentes. Frente a ellos mi escuela está en franca desventaja, porque los economistas de la city y afines han tenido una viveza publicitaria muy efectiva: presentarse ante la sociedad como científicos. Alguien abre el diario y se entera de que un matemático se ganó el premio nobel de economía por haber elaborado la Teoría X, y vaya usted a discutirle. Igual que en las publicidades de jabon en polvo, basta con dar garantías de que algo está “científicamente demostrado” para clausurar todo debate y acusar de oscurantista a quien se atreva a ofrecer resistencia. Espero ser muy claro en mi crítica: voy a analizar esto como científico, no pongo en duda la disciplina. Pero a la hora de divulgar los hallazgos de la ciencia se recurre a una falacia; no existe tal cosa como “hechos científicamente demostrados”. Es al reves, son las teorías y los modelos los que deben someterse al juicio de los hechos, y las sentencias siempre son provisorias.
Entremos en materia. Nuestro objeto de estudio es eso que llaman “mercado laboral”. La mercancía: horas de trabajo humano, cuyo precio se conoce como “salario”. En ese mercado un grupo de gente oferta su fuerza de trabajo y las empresas la compran como un insumo más. O sea, los laburantes proveen la “oferta” y las empresas la “demanda”. Quienes intentan vender su fuerza de trabajo y no lo logran son los “desempleados”. El modelo que usan los economistas de la city y afines es, naturalmente, la “ley de la oferta y la demanda”, que tiene una formulación matemática muy elegante pero que voy a sintetizar en: a mayor el precio mayor la oferta y menor la demanda. Y aquí el brillante argumento: cuando los gobiernos populistas y los sindicatos codiciosos (uso sus términos) imponen al mercado salarios demasiado elevados la oferta es mayor que la demanda, por lo tanto muchos trabajadores no podrán vender su fuerza de trabajo y el desempleo será elevado. Solución: librar el salario a las “fuerzas del mercado”, para que baje lo suficiente para desalentar la oferta. De esa manera, razonan, todos los que buscan trabajo lo tendrán y no habrá desempleo. Así de simple, científico y brutal.
Quienes no hayan tenido contacto con literatura económica pero sí hayan buscado trabajo seguramente sintieron que desde el comienzo del párrafo anterior algo estaba completamente fuera de lugar. Cuando uno busca trabajo lo último que siente es ser el oferente, la propia expresión “buscar trabajo” lo demuestra. ¿No lee uno a la sección “ofertas de trabajo” de los clasificados? Sin embargo la estructura lógica del razonamiento luce impecable. Científica. ¡Y lo es! El punto es que todo razonamiento, por riguroso que sea, parte de hipótesis. Hay que suponer cosas, y para ese paso la ciencia no ofrece método. Cuando uno decide suponer que el mercado laboral está regido por la ley de la oferta y la demanda está suponiendo cosas muy fuertes acerca de las empresas y, sobre todo, de los laburantes. Y en ese primer paso en que la ciencia es impotente (sí, impotente) es donde entran en juego inevitablemente consideraciones ideológicas.
La ley de la oferta y la demanda es un modelo científico para estudiar las transacciones comerciales. De hecho es el más simple de todos, y por eso el más estudiado. Por supuesto que solo quienes hayan desoído mi consejo y leído hasta acá entre indignaciones pueden ser tan fanáticos para suponer que el modelo más simple funciona siempre bien y sin excepciones. Por empezar, y sin entrar en consideraciones técnicas como la asimetría de la información y otras imperfecciones bien estudiadas de los mercados, para que la lógica oferta-demanda tenga sentido la transacción debe ser absolutamente opcional para ambas partes. Pongamos un ejemplo: supongamos que tengo un auto. Quedarme con él tiene para mí un valor porque me sirve, así que si pretenden pagarme demasiado poco por él simplemente me lo quedo y lo uso. A los posibles compradores les gustaría viajar en auto, pero si pido demasiado por deshacerme de él preferirán seguir viajando en colectivo. El mercado de trabajo carece de este requisito elemental: para un laburante, incluso un profesional de altos ingresos, vender su fuerza de trabajo es la única opción que tiene para comer, pagar los servicios, irse de vacaciones. La fuerza de trabajo no vendida carece por completo de valor. Pero los economistas de la city y afines no creen eso: creen que el tiempo que uno no gasta trabajando en una empresa lo disfruta como “ocio” y le llaman al salario no ganado por quedarse en casa “precio del ocio”, que el laburante “paga” por holgazanear. O sea, y usando sus términos, si el salario es lo bastante bajo los trabajadores preferirán “comprar ocio”, que está barato, y quedarse en casa. Esto es una postura claramente ideológica. ¿Le suena la frase “en este país no trabaja el que no quiere”?
Esta (im)postura de los economistas de la city y afines es particularmente sorprendente cuando se tiene en cuenta la teoría a la que ellos mismos adscriben para estudiar los patrones de consumo y ahorro de la gente, punto sobre el que existe evidencia empírica abrumadora y probablemente el único en toda la macroeconomía en que todas las escuelas de pensamiento están de acuerdo (acá los economistas de la city cuentan como una escuela). Esta teoría afirma que la gente decide cuánto consumir y cuánto ahorrar no de acuerdo a su ingreso actual sino al ingreso promedio esperado para toda la vida e incluso planeando dejar herencia. Como quienes gastan y ahorran lo hacen esencialmente con el dinero que ganan laburando, la más elemental coherencia exige una compatibilidad entre la actitud ante los gastos y ante la búsqueda de ingresos. Veamos cómo razona un economista decente como el premio nobel e insospechado de todo comunismo Joseph Stiglitz: en su trabajo “Unemployement and Wage Rigidity when Labor Supply is a Household Decision” (un paper matemáticamente impecable) hace la suposición de que el plan de ingresos y gastos se hace en los hogares. Si en un hogar trabaja uno solo, y en un momento el salario baja de modo que no le permite a esa familia mantener su tren de vida, más miembros de la familia saldrán a buscar trabajo. Como consecuencia, se invierte el razonamiento ortodoxo: ¡Una baja del salario puede aumentar el desempleo!
Y hablando de (im)posturas: ¿Qué ocurre si el sostén de un hogar finalmente se rinde y no busca más trabajo? ¿Qué hace de su vida? Esa persona, es cierto, no cuenta como desempleada; a ella debe aplicársele una categoría que no entra en el lenguaje de los ortodoxos: pasa a ser un excluído. Una persona que no se valora, y sobre todo, que no tiene nada que perder. Entonces los mismos economistas de la city y afines se asustan y claman por “seguridad”, es decir, cuarentena de la casta que ellos mismos contribuyeron tan eficientemente a crear.
Hay algo que me intriga cada vez que pienso en estas cosas. Si usted es un economista de la city y aguantó hasta acá, le pregunto: pese a su preciosa casa, su(s) auto(s) y sus contactos usted es seguramente un asalariado. Es, si me permite la insolencia, un proletario. ¿Qué haría usted de su vida si le redujeran el salario a la décima parte? ¿Compraría mucho ocio aprovechando la ganga? ¿Está usted dispuesto a aplicar a su persona sus tan científicos modelos?
La Ciencia y el Chaque Heure
Durante décadas los lectores anglosajones han disfrutado de la célebre columna “Science and the Citizen”, a traves de la que el lego puede acceder a la naturaleza, significancia y alcances del conocimiento científico. Es por eso que Bituín Noumor, a traves de su Redacción y su Departamento de Divulgación Científica (este último un monoambiente) ha decidido iniciar esta columna intitulada “La Ciencia y el Chaque Heure”, auspiciada por la prestigiosa marca de relojes, con el fin de cubrir ese mismo rol para los lectores de habla castellana.
Ahora, una breve pausa: lo dejamos con nuestros auspiciantes.
Agradecemos a los simpáticos muchachos de Les Luthiers, y pasamos al resto de los posts de Bituín Noumor. ¡Véalos, antes de que queden obsoletos!
Ahora, una breve pausa: lo dejamos con nuestros auspiciantes.
Agradecemos a los simpáticos muchachos de Les Luthiers, y pasamos al resto de los posts de Bituín Noumor. ¡Véalos, antes de que queden obsoletos!
martes, 30 de marzo de 2010
El Crimen de las Mamushkas
Con su aplomo habitual el licenciado Federico Romera toma la autopista al norte; está yendo a matar a Susana. En estos viajes de Puerto Madero a San Isidro solía escuchar Wagner (al licenciado Romera lo enciende Wagner) pero esta vez le conviene Vivaldi, debe mantenerse frío y ligero. Hacerlo en persona no ha sido una decisión facil; no quiso recurrir a los sicarios con que resuelve los temas del holding para un asunto tan personal, y el resto de la mano de obra disponible (barras bravas o ex bonaerenses psicópatas) es demasiado chapucera y le hubiera garantizado al menos un par de primeras planas. En el fondo Romera no confía en nadie para la tarea, ni siquiera en Ramirez. Susana le provoca un miedo místico, y el licenciado Romera no está acostumbrado a temerle a la gente. Por supuesto que ese miedo (que Romera llama, con cierta autocondescendencia, 'inquietud') es un ingrediente más de los que Susana combina con maestría y la precisión de un boticario para enceguecerlo de placer en cada encuentro y para obsesionarlo con el próximo. Romera conoció muchas mujeres hermosas cubriendo un amplio rango entre la exuberancia y la discreción, entre el recato y el desenfreno; todas le provocan un deseo físico que se extingue en la eyaculación. Sólo Susana, y con diferencia, lo estimula fuera de todo control, todo el tiempo. Romera sabe que el mundo va a ser demasiado predecible sin ella, ya la está extrañando. A su modo la ama.
Control. El sol ya se va apagando atrás de la cortina roñosa en que se convierte a esa hora el horizonte porteño; para cuando llegue ya va a ser prácticamente de noche. Va a estacionar a tres cuadras (ahí su BMW M5 negro no va a llamar la atención), va a caminar tranquilamente, va a forzar la puerta. Ya sabe qué joyas va a robar, ya sabe quién va a pagar el pato. Se promete una y mil veces mirarla solo el tiempo necesario para meterle un tiro letal, sabe que si ella le hinca la mirada va a estar perdido. Control total en su vida, cuyo único obstáculo es Susana. No puede dejar nada librado al azar ahora que se dispone a convertirse en un hombre público. Por lo menos tuvo el suficiente control como para que nada lo vincule a ella; la casa la alquila a traves de uno de sus sellos de goma, las joyas las compró un banco de Grand Cayman. Puso en todo el mismo cuidado que en sus negocios más delicados. Por eso el licenciado Romera no se molestó ni siquiera en tener una coartada, basta con ser prolijo y con proveer de inmediato un gil plausible.
Siguiendo las evoluciones del licenciado Romera he sentido una incomodidad que tardé en identificar. Me gusta el material que voy obteniendo, pero lo que Romera me ha revelado sobre Susana me tienta a conocerla; contrastado con ella Romera es acuoso y transparente. Y si me quedo al lado suyo, de Susana no voy a conocer más que una sorpresa breve y su suspiro final. Mah sí, yo me voy para su casa.
Descubro unos espacios amplios de caoba y ladrillo a la vista que el atardecer resalta, una escalera ancha, un estar con hogar, y sobre todo a Susana en el desayunador frente a su pote aún cerrado de yoghurt con cereales. Es casi dolorosamente hermosa y absolutamente joven. O sea: no solo mucho más joven que Romera, es tan joven como puede ser una mujer. Y sin embargo no tiene el aire vulnerable e inocente que cabría esperar, más bien es el mundo que la rodea el que parece a la defensiva, por ejemplo el pote de yoghurt que va desvistiendo de su tapa de aluminio de un modo que me quita el aliento. Susana parece no darse permiso jamás para despatarrarse en un banco o rascarse; es una atleta de la seducción y, cuando no compite, entrena. Lo frustrante es que mis poderes de narrador omnisciente se terminan en su piel; que solo puedo saber de ella, como cualquier hijo de vecino, por los símbolos que publica su cuerpo. De golpe algo alerta a Susana. Estúpidamente temo que Romera ya esté acá cuando sé que tiene para media hora más, pero Susana busca algo acá adentro. Y solo con la más leve de las sorpresas me descubre, me clava la vista y soy una presa asustada que trata de huir con desesperación y
Perdon por dejar colgado el párrafo anterior. Tuve que escaparme, cerrar los ojos y volver a mi piecita, verificar con todo mi cuerpo que sigo sentado en la silla frente a la computadora, que a mi izquierda mi cama sigue deshecha, que el sol golpea furioso el marco de la ventana, y sobre todo, que la mirada de Susana no es más que unas frases confinadas a la ventanita de mi procesador de textos. El CD de la Bersuit se terminó, el mate ya está tibio, detrás de Susana y el licenciado Romera el firefox muestra los titulares de Página 12. ¿Cómo sigo mi historia ahora? ¿Me vuelvo con Romera? No, ya es tarde, ahora Susana está alertada. ¿O es que me tienta ella? Tal vez ya arruiné el relato, tal vez deba abandonarlo ya. Pero sería una pena, había arrancado tan bien... Bueno, yo arranco el párrafo siguiente, que el párrafo decida cómo sigo.
Ya es de noche. En la habitación de la planta alta me recibe el aroma de un sahumerio, la luz tímida de unas velas y Susana recostada entre almohadones, dentro de un camisón liviano que se acomoda obediente a sus formas irresistibles. Me dice que me estaba esperando, y descubro que su voz es tan letal como su mirada. Algo radical ha cambiado en ella, pero no logro precisarlo. Con la sola fuerza de su mirada me invita, me arrodillo sobre la alfombra al lado de la cama, peligrosamente cerca de su mirada y de su aliento. Me pregunta qué hago ahí, le contesto que cuento una historia sobre ella y Romera, y su reacción me da la clave que estaba buscando: ahora parece una criatura indefensa, siento una necesidad incontenible de protegerla.¿Me habré dejado llevar por Romera cuando la ví la primera vez? Me pregunta si está en peligro, no me sale mentirle. Me dice que Romera tiene hielo en la sangre y que es un tirador experto, que se alegra de estar con el narrador, que así se siente a salvo. Me tienta provocar un pinchazo que saque de la autopista y mate a Romera, pero todavía quiero un buen relato. Susana toma mi mano, la deposita suave en su mejilla y cierra los ojos; unas hormigas van y vienen febriles de mi estómago a mi ingle. Recien cuando se apaga una de las velas tomo consciencia del paso del tiempo. El estruendo de madera astillándose nos sobresalta, le digo a Susana que no se preocupe, que va a estar a salvo, y encaro la escalera con todo latiéndome. Antes del recodo digo con toda la firmeza que puedo
-No dispare Romera, soy el narrador
y me reiría a carcajadas con semejante frase si no estuviera al borde del infarto. Romera está cerca de la puerta, con guantes y una pistola en la mano derecha, contrariado y divertido a la vez. Sonríe con media boca y una ceja. Cualquiera quedaría pasmado ante el shock metafísico de encontrarse con el narrador, pero el licenciado Romera es un tipo práctico. Mirándome en silencio se da un par de segundos para maliciar sobre lo facil que le habrá resultado a Susana seducirme con la batería estandar de cursilerías, y luego se entrega a un cálculo frenético de estrategias de teoría de juegos (los jugadores somos él y yo, claro). No logro seguir el hilo de sus pensamientos. Como último recurso lo amenazo con que si me mata su mundo va a desaparecer, pero llega a su conclusión prescindiendo de mis opiniones.
Con su aplomo habitual el licenciado Federico Romera quita el seguro, apunta a mi cabeza y dispara. El recule del disparo me empuja contra el respaldo de la silla frente a una computadora en un cuartucho vulgar. Con sumo agrado descubro delante mío a Susana mucho mejor que asesinada: neutralizada, reducida a los caracteres de un archivo informático. La última oración de ese archivo dice que llora, desplomada sobre la escalera a cuyos pies se desangra el narrador.
Control. El sol ya se va apagando atrás de la cortina roñosa en que se convierte a esa hora el horizonte porteño; para cuando llegue ya va a ser prácticamente de noche. Va a estacionar a tres cuadras (ahí su BMW M5 negro no va a llamar la atención), va a caminar tranquilamente, va a forzar la puerta. Ya sabe qué joyas va a robar, ya sabe quién va a pagar el pato. Se promete una y mil veces mirarla solo el tiempo necesario para meterle un tiro letal, sabe que si ella le hinca la mirada va a estar perdido. Control total en su vida, cuyo único obstáculo es Susana. No puede dejar nada librado al azar ahora que se dispone a convertirse en un hombre público. Por lo menos tuvo el suficiente control como para que nada lo vincule a ella; la casa la alquila a traves de uno de sus sellos de goma, las joyas las compró un banco de Grand Cayman. Puso en todo el mismo cuidado que en sus negocios más delicados. Por eso el licenciado Romera no se molestó ni siquiera en tener una coartada, basta con ser prolijo y con proveer de inmediato un gil plausible.
Siguiendo las evoluciones del licenciado Romera he sentido una incomodidad que tardé en identificar. Me gusta el material que voy obteniendo, pero lo que Romera me ha revelado sobre Susana me tienta a conocerla; contrastado con ella Romera es acuoso y transparente. Y si me quedo al lado suyo, de Susana no voy a conocer más que una sorpresa breve y su suspiro final. Mah sí, yo me voy para su casa.
Descubro unos espacios amplios de caoba y ladrillo a la vista que el atardecer resalta, una escalera ancha, un estar con hogar, y sobre todo a Susana en el desayunador frente a su pote aún cerrado de yoghurt con cereales. Es casi dolorosamente hermosa y absolutamente joven. O sea: no solo mucho más joven que Romera, es tan joven como puede ser una mujer. Y sin embargo no tiene el aire vulnerable e inocente que cabría esperar, más bien es el mundo que la rodea el que parece a la defensiva, por ejemplo el pote de yoghurt que va desvistiendo de su tapa de aluminio de un modo que me quita el aliento. Susana parece no darse permiso jamás para despatarrarse en un banco o rascarse; es una atleta de la seducción y, cuando no compite, entrena. Lo frustrante es que mis poderes de narrador omnisciente se terminan en su piel; que solo puedo saber de ella, como cualquier hijo de vecino, por los símbolos que publica su cuerpo. De golpe algo alerta a Susana. Estúpidamente temo que Romera ya esté acá cuando sé que tiene para media hora más, pero Susana busca algo acá adentro. Y solo con la más leve de las sorpresas me descubre, me clava la vista y soy una presa asustada que trata de huir con desesperación y
Perdon por dejar colgado el párrafo anterior. Tuve que escaparme, cerrar los ojos y volver a mi piecita, verificar con todo mi cuerpo que sigo sentado en la silla frente a la computadora, que a mi izquierda mi cama sigue deshecha, que el sol golpea furioso el marco de la ventana, y sobre todo, que la mirada de Susana no es más que unas frases confinadas a la ventanita de mi procesador de textos. El CD de la Bersuit se terminó, el mate ya está tibio, detrás de Susana y el licenciado Romera el firefox muestra los titulares de Página 12. ¿Cómo sigo mi historia ahora? ¿Me vuelvo con Romera? No, ya es tarde, ahora Susana está alertada. ¿O es que me tienta ella? Tal vez ya arruiné el relato, tal vez deba abandonarlo ya. Pero sería una pena, había arrancado tan bien... Bueno, yo arranco el párrafo siguiente, que el párrafo decida cómo sigo.
Ya es de noche. En la habitación de la planta alta me recibe el aroma de un sahumerio, la luz tímida de unas velas y Susana recostada entre almohadones, dentro de un camisón liviano que se acomoda obediente a sus formas irresistibles. Me dice que me estaba esperando, y descubro que su voz es tan letal como su mirada. Algo radical ha cambiado en ella, pero no logro precisarlo. Con la sola fuerza de su mirada me invita, me arrodillo sobre la alfombra al lado de la cama, peligrosamente cerca de su mirada y de su aliento. Me pregunta qué hago ahí, le contesto que cuento una historia sobre ella y Romera, y su reacción me da la clave que estaba buscando: ahora parece una criatura indefensa, siento una necesidad incontenible de protegerla.¿Me habré dejado llevar por Romera cuando la ví la primera vez? Me pregunta si está en peligro, no me sale mentirle. Me dice que Romera tiene hielo en la sangre y que es un tirador experto, que se alegra de estar con el narrador, que así se siente a salvo. Me tienta provocar un pinchazo que saque de la autopista y mate a Romera, pero todavía quiero un buen relato. Susana toma mi mano, la deposita suave en su mejilla y cierra los ojos; unas hormigas van y vienen febriles de mi estómago a mi ingle. Recien cuando se apaga una de las velas tomo consciencia del paso del tiempo. El estruendo de madera astillándose nos sobresalta, le digo a Susana que no se preocupe, que va a estar a salvo, y encaro la escalera con todo latiéndome. Antes del recodo digo con toda la firmeza que puedo
-No dispare Romera, soy el narrador
y me reiría a carcajadas con semejante frase si no estuviera al borde del infarto. Romera está cerca de la puerta, con guantes y una pistola en la mano derecha, contrariado y divertido a la vez. Sonríe con media boca y una ceja. Cualquiera quedaría pasmado ante el shock metafísico de encontrarse con el narrador, pero el licenciado Romera es un tipo práctico. Mirándome en silencio se da un par de segundos para maliciar sobre lo facil que le habrá resultado a Susana seducirme con la batería estandar de cursilerías, y luego se entrega a un cálculo frenético de estrategias de teoría de juegos (los jugadores somos él y yo, claro). No logro seguir el hilo de sus pensamientos. Como último recurso lo amenazo con que si me mata su mundo va a desaparecer, pero llega a su conclusión prescindiendo de mis opiniones.
Con su aplomo habitual el licenciado Federico Romera quita el seguro, apunta a mi cabeza y dispara. El recule del disparo me empuja contra el respaldo de la silla frente a una computadora en un cuartucho vulgar. Con sumo agrado descubro delante mío a Susana mucho mejor que asesinada: neutralizada, reducida a los caracteres de un archivo informático. La última oración de ese archivo dice que llora, desplomada sobre la escalera a cuyos pies se desangra el narrador.
domingo, 21 de marzo de 2010
Funes, el perceptivo
Sé que para decir lo que quiero decir debería escribir un texto epistemológico, pero no sé cómo se hace eso (disculpen mi ignorancia). Si fuese Jorge Luis podría escribir sobre filosofía a traves de una ficción genial y ahorrarme el aprendizaje metodológico. Pero yo soy yo y eso no tiene arreglo, así que voy a tratar de subirme a hombros de gigantes.
Ireneo Funes (Fray Bentos, 1868 - 1889) lo recordaba todo. Podía evocar cada evento vivido con absoluto detalle, con los atributos de todos los sentidos, y no sólo podía decir exactamente cuándo había ocurrido, recordaba también cada ocasión en que había evocado ese recuerdo. “Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho”. Nada se nos dice de las resonancias emocionales de tales percepciones: Ireneo fue un instrumento de registro envidia de cualquier laboratorio: cámara de resolución arbitraria, micrófono sin límite de bits, termómetro, sismógrafo. Nuestro Borges nos agobia otra vez con sus infinitos, pero no es de eso de lo que quiero hablar. Después de dejarnos sin aliento enumerando las proezas y despropósitos memorísticos de Ireneo Borges lanza su tesis epistemológica: “Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
La sospecha borgeana es tributaria de la doctrina empirista; no en vano se cita a Locke en el texto. De lo único que puede fiarse el sabio es de la percepción, fiel reflejo del Universo. Eso sí: si queremos “pensar” tendremos que sacrificar los detalles, hacer inducciones. Abstraer es olvidar las diferencias entre el perro de frente a una hora y el perro de perfil a otra: olvidando la serie agobiante de ladridos y pelajes y jadeos abstraemos la idea “perro”, y entonces podremos teorizar sobre el “perro”. Funes es a su vez un perfecto especimen conductista, el modelo psicológico que mejor pega con el empirismo y el positivismo.
Como por suerte no soy Funes, del cuento sólo recordaba la esencia de que Funes todo lo recordaba, énfasis que arranca desde el título, y también la tesis final ya citada. Y de golpe una revelación me impulsó a releer el cuento con ojos nuevos: para recordarlo todo también hay que percibirlo todo. Al releerlo veo que al maestro no se le escapó el detalle: la palabra “percepción” aparece dos veces, deslizada con inocencia. No es que Funes sea omnisciente, él sabe lo que captan sus sentidos. Puede argumentarse que alguien tan excepcional como para tener supermemoria puede tener superojos, supertacto y demás. Por supuesto que sí, pero entonces... ¿Qué distingue a Funes del resto de los mortales, reales o ficticios? ¿La supermemoria o la superpercepción? Veamos.
Quien anda en bicicleta ve piedras y ve pozos. Es probable que no vea un rosal hermoso que a un peatón más despreocupado no se le pasaría. Y cada tanto ve falsas piedras y falsos pozos (alguna mancha, sombra u hoja seca). Para un purista de las categorías ontológicas poner las piedras (sustancia) y los pozos (ausencia) al mismo nivel es un horror intolerable, pero lo que al ciclista le interesa es no terminar despatarrado sobre la calle. El ciclista no sólo deja de ver casi todo lo que hay a su alrededor, sino que ocasionalmente ve algo que no está. ¿Por qué? Porque el ciclista ve de acuerdo a lo que espera ver. Tiene un interés, una serie de modelos mentales, objetivos y expectativas. Y no es el intelecto “abstrayendo” el que le hace esquivar un pozo o una hoja seca que-parecía-piedra: eso que llamamos “reflejo” es primario, lo tiene el más humilde de los insectos. Y si el ciclista de pronto se encuentra con que un bicho se acerca a su ojo, el ojo se cierra mucho antes de que el “pensamiento” tenga algo que ver en ello. El ojo “piensa” por su cuenta, “abstrae” de entre las señales recibidas algo móvil identificándolo como “una cosa”, y hasta la califica de amenaza potencial. Los sentidos no necesitan del intelecto para recortar y abstraer.
Los muchos homos sapiens que nos pasamos horas pensando lejísimos del riesgo de ser almorzados tendemos a olvidar que lo que somos (ojos, oído, intuición, intelecto y memoria) se forjó al calor de la lucha por la supervivencia. Así unos ensalzan los sentidos y otros la razón como instrumentos que Dios nos dio para llegar a la Verdad, a las esencias últimas del Universo. ¡Cuánta soberbia se apiló durante siglos de filosofía! Un homínido de hace quinientos mil años, ante unos yuyos que se movían y el más mínimo ronroneo, necesitaba que se le erizaran los pelos de la espalda y cada músculo quedara listo para la acción. Alertas con la mínima información y el mínimo número de falsas alarmas hicieron la diferencia entre ser nuestros retataraabuelos y ser banquete de las fieras. Lo mismo puede decirse de saber contar, y que si había tres tigres y matamos uno entonces quedan dos. No menor era el rol del miedo o la euforia que acompañaba esas percepciones. Y la memoria, la imaginación y el espíritu crítico les permitía a nuestros peludos ancestros repasar la jornada de peligros y aprender de los errores. El cerebro humano es el maravilloso instrumento que es porque ha sido el que logró que una especie no particularmente robusta ni particularmente veloz y cargadísima de preciosas proteínas comestibles no se extinguiera.
Las más de las veces los sentidos hacen exactamente lo contrario de olvidar detalles. Pensemos en la Ley de Cierre de la Gestalt: ¿Qué es lo que olvidamos cuando al mirar cuatro puntitos vemos un cuadrado? Con un mínimo de información conjeturamos sobre lo que vemos, y para eso usamos los modelos mentales que consideramos relevantes de acuerdo al contexto. Si para reconocer de un golpe de vista unos álamos a la distancia tuviésemos que olvidar las ojitas, las ramitas, los infinitos detalles, ¿Cómo es que reconocemos álamos en una pintura impresionista? ¿No es cierto que con la misma configuración de pintura que un pintor usaría para hacer un álamo impresionista otro podría hacer el humo de una fábrica? No es un olvido de diferencias el que nos hace decir “¡Alamo!” o “¡Humo!”; es una conjetura de nuestra percepción con información mínima, basada en nuestras expectativas y creencias y sujeta a revisión crítica (“Ah no, es humo, abajo está la chimenea”). Y si no, piense usted en quienes ven fantasmas, ovnis o a la Virgen.
Espero haber convencido a esta altura de que la percepción de Funes no era una versión superlativa de la nuestra sino algo cualitativamente diferente. Pero más aún me preocupa señalar sobre la capacidad de pensar del uruguayito. Borges nos cuenta que el muchacho, antes del accidente, era un poco peculiar pero por lo demás era bastante normal. Tuvo que caminar y enfrentar los peligros, correrse si un carro se le venía encima, ordenarle a su caballo que esquivara pozos y piedras como nuestro ciclista del quinto párrafo. Aún luego del accidente el hombre era capaz de sostener conversaciones coherentes y comprendía textos escritos. Para nada de esto necesitamos, ni usted ni yo, grandes habilidades mentales. Eso es porque somos eficientes productos de la evolución: para aprender a caminar o hablar necesitamos de todo el poder de nuestro intelecto, pero la práctica nos permite automatizar cosas tan complejas como leer o manejar un auto. Podemos leer fotocopias algo borrosas con un esfuerzo mínimo por cortesía de la Ley de Cierre ya citada. La inteligencia está reservada para las emergencias, las situaciones nuevas o el aprendizaje. Todo esto no era cierto para Funes: un texto en un diario o en cada libro era para él un mundo de detalle sin clasificar, pero Funes era capaz de leer una 'a' donde no había más que tinta sobre papel. Su propia imagen en el espejo lo sorprendía cada vez, pero se reconocía en ella. Encontraba chocante identificar el perro de frente a una hora y de perfil a otra, pero en definitiva lo hacía, y comprendía el significado de la palabra “perro”. El procesamiento de infinitos datos en tiempo real hasta obtener significados requiere también de una inteligencia infinita. Si los sentidos no filtran, debe filtrar la inteligencia. Las operaciones más triviales en la vida de Funes, como cerrar el párpado ante un bicho que se acercara a su ojo, requería de todo su poder de análisis y de abstracción. Todo el santo día. ¿Cómo negarle el calificativo de genio?
En síntesis, todo en Ireneo Funes funcionaba de un modo cualitativa y radicalmente diferente a como funciona en nosotros. Funes no era sobrehumano, era redondamente inhumano, salvo en su apariencia exterior y su misteriosa capacidad de sufrir (y morir por) infecciones de pulmón. Funes es la cabal muestra de que es insensato que una criatura real pueda conocer su mundo mediante la inducción a partir de lo sensorial.
Ireneo Funes (Fray Bentos, 1868 - 1889) lo recordaba todo. Podía evocar cada evento vivido con absoluto detalle, con los atributos de todos los sentidos, y no sólo podía decir exactamente cuándo había ocurrido, recordaba también cada ocasión en que había evocado ese recuerdo. “Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho”. Nada se nos dice de las resonancias emocionales de tales percepciones: Ireneo fue un instrumento de registro envidia de cualquier laboratorio: cámara de resolución arbitraria, micrófono sin límite de bits, termómetro, sismógrafo. Nuestro Borges nos agobia otra vez con sus infinitos, pero no es de eso de lo que quiero hablar. Después de dejarnos sin aliento enumerando las proezas y despropósitos memorísticos de Ireneo Borges lanza su tesis epistemológica: “Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
La sospecha borgeana es tributaria de la doctrina empirista; no en vano se cita a Locke en el texto. De lo único que puede fiarse el sabio es de la percepción, fiel reflejo del Universo. Eso sí: si queremos “pensar” tendremos que sacrificar los detalles, hacer inducciones. Abstraer es olvidar las diferencias entre el perro de frente a una hora y el perro de perfil a otra: olvidando la serie agobiante de ladridos y pelajes y jadeos abstraemos la idea “perro”, y entonces podremos teorizar sobre el “perro”. Funes es a su vez un perfecto especimen conductista, el modelo psicológico que mejor pega con el empirismo y el positivismo.
Como por suerte no soy Funes, del cuento sólo recordaba la esencia de que Funes todo lo recordaba, énfasis que arranca desde el título, y también la tesis final ya citada. Y de golpe una revelación me impulsó a releer el cuento con ojos nuevos: para recordarlo todo también hay que percibirlo todo. Al releerlo veo que al maestro no se le escapó el detalle: la palabra “percepción” aparece dos veces, deslizada con inocencia. No es que Funes sea omnisciente, él sabe lo que captan sus sentidos. Puede argumentarse que alguien tan excepcional como para tener supermemoria puede tener superojos, supertacto y demás. Por supuesto que sí, pero entonces... ¿Qué distingue a Funes del resto de los mortales, reales o ficticios? ¿La supermemoria o la superpercepción? Veamos.
Quien anda en bicicleta ve piedras y ve pozos. Es probable que no vea un rosal hermoso que a un peatón más despreocupado no se le pasaría. Y cada tanto ve falsas piedras y falsos pozos (alguna mancha, sombra u hoja seca). Para un purista de las categorías ontológicas poner las piedras (sustancia) y los pozos (ausencia) al mismo nivel es un horror intolerable, pero lo que al ciclista le interesa es no terminar despatarrado sobre la calle. El ciclista no sólo deja de ver casi todo lo que hay a su alrededor, sino que ocasionalmente ve algo que no está. ¿Por qué? Porque el ciclista ve de acuerdo a lo que espera ver. Tiene un interés, una serie de modelos mentales, objetivos y expectativas. Y no es el intelecto “abstrayendo” el que le hace esquivar un pozo o una hoja seca que-parecía-piedra: eso que llamamos “reflejo” es primario, lo tiene el más humilde de los insectos. Y si el ciclista de pronto se encuentra con que un bicho se acerca a su ojo, el ojo se cierra mucho antes de que el “pensamiento” tenga algo que ver en ello. El ojo “piensa” por su cuenta, “abstrae” de entre las señales recibidas algo móvil identificándolo como “una cosa”, y hasta la califica de amenaza potencial. Los sentidos no necesitan del intelecto para recortar y abstraer.
Los muchos homos sapiens que nos pasamos horas pensando lejísimos del riesgo de ser almorzados tendemos a olvidar que lo que somos (ojos, oído, intuición, intelecto y memoria) se forjó al calor de la lucha por la supervivencia. Así unos ensalzan los sentidos y otros la razón como instrumentos que Dios nos dio para llegar a la Verdad, a las esencias últimas del Universo. ¡Cuánta soberbia se apiló durante siglos de filosofía! Un homínido de hace quinientos mil años, ante unos yuyos que se movían y el más mínimo ronroneo, necesitaba que se le erizaran los pelos de la espalda y cada músculo quedara listo para la acción. Alertas con la mínima información y el mínimo número de falsas alarmas hicieron la diferencia entre ser nuestros retataraabuelos y ser banquete de las fieras. Lo mismo puede decirse de saber contar, y que si había tres tigres y matamos uno entonces quedan dos. No menor era el rol del miedo o la euforia que acompañaba esas percepciones. Y la memoria, la imaginación y el espíritu crítico les permitía a nuestros peludos ancestros repasar la jornada de peligros y aprender de los errores. El cerebro humano es el maravilloso instrumento que es porque ha sido el que logró que una especie no particularmente robusta ni particularmente veloz y cargadísima de preciosas proteínas comestibles no se extinguiera.
Las más de las veces los sentidos hacen exactamente lo contrario de olvidar detalles. Pensemos en la Ley de Cierre de la Gestalt: ¿Qué es lo que olvidamos cuando al mirar cuatro puntitos vemos un cuadrado? Con un mínimo de información conjeturamos sobre lo que vemos, y para eso usamos los modelos mentales que consideramos relevantes de acuerdo al contexto. Si para reconocer de un golpe de vista unos álamos a la distancia tuviésemos que olvidar las ojitas, las ramitas, los infinitos detalles, ¿Cómo es que reconocemos álamos en una pintura impresionista? ¿No es cierto que con la misma configuración de pintura que un pintor usaría para hacer un álamo impresionista otro podría hacer el humo de una fábrica? No es un olvido de diferencias el que nos hace decir “¡Alamo!” o “¡Humo!”; es una conjetura de nuestra percepción con información mínima, basada en nuestras expectativas y creencias y sujeta a revisión crítica (“Ah no, es humo, abajo está la chimenea”). Y si no, piense usted en quienes ven fantasmas, ovnis o a la Virgen.
Espero haber convencido a esta altura de que la percepción de Funes no era una versión superlativa de la nuestra sino algo cualitativamente diferente. Pero más aún me preocupa señalar sobre la capacidad de pensar del uruguayito. Borges nos cuenta que el muchacho, antes del accidente, era un poco peculiar pero por lo demás era bastante normal. Tuvo que caminar y enfrentar los peligros, correrse si un carro se le venía encima, ordenarle a su caballo que esquivara pozos y piedras como nuestro ciclista del quinto párrafo. Aún luego del accidente el hombre era capaz de sostener conversaciones coherentes y comprendía textos escritos. Para nada de esto necesitamos, ni usted ni yo, grandes habilidades mentales. Eso es porque somos eficientes productos de la evolución: para aprender a caminar o hablar necesitamos de todo el poder de nuestro intelecto, pero la práctica nos permite automatizar cosas tan complejas como leer o manejar un auto. Podemos leer fotocopias algo borrosas con un esfuerzo mínimo por cortesía de la Ley de Cierre ya citada. La inteligencia está reservada para las emergencias, las situaciones nuevas o el aprendizaje. Todo esto no era cierto para Funes: un texto en un diario o en cada libro era para él un mundo de detalle sin clasificar, pero Funes era capaz de leer una 'a' donde no había más que tinta sobre papel. Su propia imagen en el espejo lo sorprendía cada vez, pero se reconocía en ella. Encontraba chocante identificar el perro de frente a una hora y de perfil a otra, pero en definitiva lo hacía, y comprendía el significado de la palabra “perro”. El procesamiento de infinitos datos en tiempo real hasta obtener significados requiere también de una inteligencia infinita. Si los sentidos no filtran, debe filtrar la inteligencia. Las operaciones más triviales en la vida de Funes, como cerrar el párpado ante un bicho que se acercara a su ojo, requería de todo su poder de análisis y de abstracción. Todo el santo día. ¿Cómo negarle el calificativo de genio?
En síntesis, todo en Ireneo Funes funcionaba de un modo cualitativa y radicalmente diferente a como funciona en nosotros. Funes no era sobrehumano, era redondamente inhumano, salvo en su apariencia exterior y su misteriosa capacidad de sufrir (y morir por) infecciones de pulmón. Funes es la cabal muestra de que es insensato que una criatura real pueda conocer su mundo mediante la inducción a partir de lo sensorial.
sábado, 11 de octubre de 2008
Feliz 12 de Octubre
Hoy es 12 de Octubre y estoy en Trujillo, cuna del "gran" Francisco Pizarro. Pondría una wipala en mi balcón, pero como tantas otras cosas, en Europa no se consigue. Y además sería inutil: por acá nadie sabe lo que es y capaz alguno hasta se piensa que es propaganda de Benetton.
Ciertamente esperaba encontrar más gente dispuesta a conceder que lo que llaman "la Conquista" fue una acción cuanto menos cuestionable. Los hay en Madrid (poquísimos), pero en Trujillo ni uno. Más aún, alguien me dijo que somos "unos lloricas", si a ellos los invadieron los cartagineses, los romanos y los moros y acá están. Pizarro es, pues, el prócer indiscutido de la ciudad (los lugareños le llaman "ciudad" a Trujillo pese a sus escasos cinco mil habitantes).
Once meses exactamente llevo conviviendo con la estatua ecuestre de ese energúmeno. En pleno vuelo sobre el Atlántico me encontraron los titulares del "Por qué no te callas", el 12 de Noviembre del 2007. Ya nadie se acuerda, fue en otra era geológica. Una en que la futura presidenta de Estados Unidos iba a ser una tal Hillary Clinton y los fundamentos de la economía estaban sólidos según todos los gurúes salvo Greenspan. En aquella era geológica yo venía de la zona de los piojosos colonizados que andaban de crisis en crisis, de los amigos de ese retrógrado de Chavez que hablaba de estatización y de socialismo, qué desubicado. Y vaya si lo sería que había acusado a Aznar de imperialista. Chavez, a decir de los medios, pero también de la gente en la calle, era un dictador chiflado y un insolente. En cambio Su Majestad era un rey que en su dignidad también demostraba humanidad, y si se enfadaba se enfadaba, qué le vamos a hacer. Al celular, aparte de chicas que se desnudan y los ringtones que más molan, uno podía bajar la que llamaban "la frase del año", promocionada con una gran bandera española de fondo.
Hubo una columna en el diario El País por aquellos días titulada "El Rey Integrador", en que un señor (un jurista de nombre Miguel Herrero de Miñón) explicaba el rol constitucional del Rey de España y justificaba el increíble exabrupto de su monarca aduciendo nada menos que no hizo más que cumplir con ese rol. No cito aquel documento por sorprendente o excepcional: despues de todo no oí a un solo español criticar a Juanca a raíz del incidente y sí infinidad de defensas, justificaciones y hasta alabanzas. Lo traigo a colación porque permite entrever el pensamiento que subyace, el mecanismo mental detrás de esas conductas que juzgaba inexplicables. Cito:
"Pero (...) lo que caracteriza políticamente la función regia en cualquiera de las monarquías hoy existentes es su capacidad de integración. Función integradora de la Monarquía que se extiende en el tiempo, al ser símbolo de continuidad del Estado y en el espacio, a través de la pluralidad española e incluso hispánica." (las negritas son mías).
¿Cuál es la "pluralidad hispánica" de la que habla ese señor? ¿Puede ser que esté diciendo que Juanca reina simbólicamente, aunque sea mínimamente, sobre Caracas y Buenos Aires? ¿Me está llamando "súbdito" por hablar castellano? Debo decir que lo que percibí en las defensas y justificaciones de "la Conquista" por parte de mis interlocutores trujillanos era justamente que sentían de algún modo cuestionada su mismísima identidad nacional. Algo hay implantado en sus mentes, algo similar a lo que llevamos nosotros adentro con las Malvinas. Algo que de tan encajado, de tan dicho desde la más tierna infancia, está naturalizado y no admite discusión. Creo que entendí al conocer un detalle: acá el 12 de Octubre se llama "Día de la Hispanidad".
Ciertamente esperaba encontrar más gente dispuesta a conceder que lo que llaman "la Conquista" fue una acción cuanto menos cuestionable. Los hay en Madrid (poquísimos), pero en Trujillo ni uno. Más aún, alguien me dijo que somos "unos lloricas", si a ellos los invadieron los cartagineses, los romanos y los moros y acá están. Pizarro es, pues, el prócer indiscutido de la ciudad (los lugareños le llaman "ciudad" a Trujillo pese a sus escasos cinco mil habitantes).
Once meses exactamente llevo conviviendo con la estatua ecuestre de ese energúmeno. En pleno vuelo sobre el Atlántico me encontraron los titulares del "Por qué no te callas", el 12 de Noviembre del 2007. Ya nadie se acuerda, fue en otra era geológica. Una en que la futura presidenta de Estados Unidos iba a ser una tal Hillary Clinton y los fundamentos de la economía estaban sólidos según todos los gurúes salvo Greenspan. En aquella era geológica yo venía de la zona de los piojosos colonizados que andaban de crisis en crisis, de los amigos de ese retrógrado de Chavez que hablaba de estatización y de socialismo, qué desubicado. Y vaya si lo sería que había acusado a Aznar de imperialista. Chavez, a decir de los medios, pero también de la gente en la calle, era un dictador chiflado y un insolente. En cambio Su Majestad era un rey que en su dignidad también demostraba humanidad, y si se enfadaba se enfadaba, qué le vamos a hacer. Al celular, aparte de chicas que se desnudan y los ringtones que más molan, uno podía bajar la que llamaban "la frase del año", promocionada con una gran bandera española de fondo.
Hubo una columna en el diario El País por aquellos días titulada "El Rey Integrador", en que un señor (un jurista de nombre Miguel Herrero de Miñón) explicaba el rol constitucional del Rey de España y justificaba el increíble exabrupto de su monarca aduciendo nada menos que no hizo más que cumplir con ese rol. No cito aquel documento por sorprendente o excepcional: despues de todo no oí a un solo español criticar a Juanca a raíz del incidente y sí infinidad de defensas, justificaciones y hasta alabanzas. Lo traigo a colación porque permite entrever el pensamiento que subyace, el mecanismo mental detrás de esas conductas que juzgaba inexplicables. Cito:
"Pero (...) lo que caracteriza políticamente la función regia en cualquiera de las monarquías hoy existentes es su capacidad de integración. Función integradora de la Monarquía que se extiende en el tiempo, al ser símbolo de continuidad del Estado y en el espacio, a través de la pluralidad española e incluso hispánica." (las negritas son mías).
¿Cuál es la "pluralidad hispánica" de la que habla ese señor? ¿Puede ser que esté diciendo que Juanca reina simbólicamente, aunque sea mínimamente, sobre Caracas y Buenos Aires? ¿Me está llamando "súbdito" por hablar castellano? Debo decir que lo que percibí en las defensas y justificaciones de "la Conquista" por parte de mis interlocutores trujillanos era justamente que sentían de algún modo cuestionada su mismísima identidad nacional. Algo hay implantado en sus mentes, algo similar a lo que llevamos nosotros adentro con las Malvinas. Algo que de tan encajado, de tan dicho desde la más tierna infancia, está naturalizado y no admite discusión. Creo que entendí al conocer un detalle: acá el 12 de Octubre se llama "Día de la Hispanidad".
miércoles, 1 de octubre de 2008
La hora de la verdad
Lise Meitner llegó, con la expresión tan negra como su vestido, a la oficina de su colega y amigo Neils Bohr, apretando un cuaderno contra su pecho. En Noviembre de 1938 Copenhagen era un oasis intelectual en una Europa enrarecida. Era Bohr el que acostumbraba viajar a Estocolmo para colaborar con esa mujer apocada y brillante, así que su visita y urgencia lo tomaron un poco por sorpresa.
-Pase Lise, tome asiento, tome aire. Dios mío, su cara me preocupa.
Bohr, tras ayudarle con la silla, se acomodó en la propia con los codos sobre el escritorio y los dedos entrelazados.
-Otto está por publicar nuestros últimos resultados- dijo Meitner alcanzándole el cuaderno abierto y unas cartas. -Son un tanto... Impactantes.
Bohr los repasó con atención, hizo algunas preguntas, y finalmente sentenció:
-O sea que bombardearon uranio 235 con neutrones de baja energía y algunos núcleos fisionaron ¡Pero Lise, esto es formidable! ¡Felicidades! ¿Por qué no está usted brindando con champagne?
-Ya brindé... Antes de darme cuenta. Usted mismo me hizo notar la cantidad de energía que se libera en ese proceso. Otto es químico, no creo que lo haya notado, pero la fisión libera neutrones.
-Claro.
-¿Y si alguien fuera capaz de frenar un poco esos neutrones y usarlos para fisionar más átomos?
Bohr empalideció.
Lise nació en el Imperio Austrohúngaro, en el seno de una floreciente familia judía. A golpe de catástrofes políticas su Viena natal había cambiado dos veces de manos: del Imperio a la República Austríaca, y hacía unos meses, de ésta al Tercer Reich. Ella, como tantos otros vieneses, se sentía alemana. Y su nacionalidad, últimamente, no podía menos que dolerle. Un extraño milagro convertía a Alemania y Austria en los centros indiscutibles de la física en su época más brillante, al mismo tiempo que la Germania se desmoronaba. Ella misma, junto con Otto Hahn, publicaban el descubrimiento del neutrón mientras sus patrias perdían la Gran Guerra. En plena hiperinflación los claustros alemanes parían la mecánica cuántica poniendo en jaque un paradigma de siglos. Parecía como si el torbellino político exterior, con su promesa de revolución, de cambio irreversible, se replicara en las mentes y los trabajos de los físicos. Lise se acostumbró a la emoción de pensar que en cualquiera de las oficinas que la rodeaban podía estarse preparando el próximo terremoto. Nunca en la historia de la física había habido, ni volvió a haber, tiempo y lugar tan fecundos.
El ascenso de Hitler, hacía cinco años, la había encontrado al frente del Instituto de Química de Berlín. Protegida por su ciudadanía y su brillante carrera no corrió la suerte de muchos de sus colegas y de sus parientes, que tuvieron que renunciar o perdieron sus comercios y sus propiedades. Lise, para su vergüenza poco después, eligió refugiarse en su pasión. La carrera contra Ruthenfort, Curie y Fermi por sintetizar nuevos elementos seguía tan despiadada como siempre. Ni siquiera la abandonó después de tener que huír con sus papeles a Estocolmo al endurecerse el régimen: colaboraba clandestinamente con Otto Hahn, que seguía en Berlín. Con porfía logró incluso más de lo que se había propuesto. Horriblemente más. Y, finalmente, despertó a la pesadilla de su verdad.
Todavía en estado de shock, Bohr notó:
-Se puede, es casi facil. Con agua deuterada. Unos cuantos lo van a ver en Berlín ni bien se publique. Claro que no es lo mismo pensarlo que hacerlo. Separar suficiente agua deuterada puede llevar años, y se necesitaría un pequeño ejército de físicos y matemáticos para poner la idea en práctica. Deberíamos ir contactando a todos los que trabajan en radiactividad, en especial sus rivales, Lise. Por fortuna Hitler espantó a los mejores cuadros.
-Tienen a Heissenberg- notó Lise sombría.
Bohr se rascó la frente despacio. Werner Heissenberg había sido su discípulo más brillante. No era nazi pero era allegado a Himmler y se mostraba cerca del poder. La preocupación de Lise era legítima.
-Voy a hablar con Werner en la primer chance que tenga. Es un muchacho impetuoso, pero es demasiado inteligente para hacer locuras. Confío en poder persuadirlo.
-Yo no estoy tan segura. Se lo ve... Entusiasmado.
Bohr se sacó los lentes y los giró lentamente. Se llevó una patilla a la boca y miró por la ventana. Las nubes parecían más grises.
-Como sea, creo que lo prudente es alertar a los ingleses y los americanos. En Estados Unidos lo tenemos a Albert, más popular que Vivien Leigh- Bohr se permitió una sonrisa tibia. Él y Einstein eran amigos y rivales de años. -Si él les habla a los políticos lo van a escuchar.
Lise, con el peso aún vivo de haber traicionado a su gente con su siencio, sentía el vértigo de estar traicionando a su patria con sus palabras.
-¿De veras le parece prudente? ¿Y si desarrollan el arma y la usan contra nosotros?
Bohr suspiró pesadamente. Apoyó un codo en el escritorio y se masajeó el ceño entre su pulgar y su índice. Después de una eternidad se acomodó contra el respaldo, volvió a suspirar y dijo casi sin voz:
-Creo que todos nos hemos divertido en grande los últimos treinta años. La pasamos bomba mientras el mundo se caía a pedazos. Un placer... Pecaminoso casi. ¿No le parece?
Lise lo escuchaba quieta y encogida. Bohr continuó:
-Me temo que nos acaban de mandar la factura.
-Pase Lise, tome asiento, tome aire. Dios mío, su cara me preocupa.
Bohr, tras ayudarle con la silla, se acomodó en la propia con los codos sobre el escritorio y los dedos entrelazados.
-Otto está por publicar nuestros últimos resultados- dijo Meitner alcanzándole el cuaderno abierto y unas cartas. -Son un tanto... Impactantes.
Bohr los repasó con atención, hizo algunas preguntas, y finalmente sentenció:
-O sea que bombardearon uranio 235 con neutrones de baja energía y algunos núcleos fisionaron ¡Pero Lise, esto es formidable! ¡Felicidades! ¿Por qué no está usted brindando con champagne?
-Ya brindé... Antes de darme cuenta. Usted mismo me hizo notar la cantidad de energía que se libera en ese proceso. Otto es químico, no creo que lo haya notado, pero la fisión libera neutrones.
-Claro.
-¿Y si alguien fuera capaz de frenar un poco esos neutrones y usarlos para fisionar más átomos?
Bohr empalideció.
Lise nació en el Imperio Austrohúngaro, en el seno de una floreciente familia judía. A golpe de catástrofes políticas su Viena natal había cambiado dos veces de manos: del Imperio a la República Austríaca, y hacía unos meses, de ésta al Tercer Reich. Ella, como tantos otros vieneses, se sentía alemana. Y su nacionalidad, últimamente, no podía menos que dolerle. Un extraño milagro convertía a Alemania y Austria en los centros indiscutibles de la física en su época más brillante, al mismo tiempo que la Germania se desmoronaba. Ella misma, junto con Otto Hahn, publicaban el descubrimiento del neutrón mientras sus patrias perdían la Gran Guerra. En plena hiperinflación los claustros alemanes parían la mecánica cuántica poniendo en jaque un paradigma de siglos. Parecía como si el torbellino político exterior, con su promesa de revolución, de cambio irreversible, se replicara en las mentes y los trabajos de los físicos. Lise se acostumbró a la emoción de pensar que en cualquiera de las oficinas que la rodeaban podía estarse preparando el próximo terremoto. Nunca en la historia de la física había habido, ni volvió a haber, tiempo y lugar tan fecundos.
El ascenso de Hitler, hacía cinco años, la había encontrado al frente del Instituto de Química de Berlín. Protegida por su ciudadanía y su brillante carrera no corrió la suerte de muchos de sus colegas y de sus parientes, que tuvieron que renunciar o perdieron sus comercios y sus propiedades. Lise, para su vergüenza poco después, eligió refugiarse en su pasión. La carrera contra Ruthenfort, Curie y Fermi por sintetizar nuevos elementos seguía tan despiadada como siempre. Ni siquiera la abandonó después de tener que huír con sus papeles a Estocolmo al endurecerse el régimen: colaboraba clandestinamente con Otto Hahn, que seguía en Berlín. Con porfía logró incluso más de lo que se había propuesto. Horriblemente más. Y, finalmente, despertó a la pesadilla de su verdad.
Todavía en estado de shock, Bohr notó:
-Se puede, es casi facil. Con agua deuterada. Unos cuantos lo van a ver en Berlín ni bien se publique. Claro que no es lo mismo pensarlo que hacerlo. Separar suficiente agua deuterada puede llevar años, y se necesitaría un pequeño ejército de físicos y matemáticos para poner la idea en práctica. Deberíamos ir contactando a todos los que trabajan en radiactividad, en especial sus rivales, Lise. Por fortuna Hitler espantó a los mejores cuadros.
-Tienen a Heissenberg- notó Lise sombría.
Bohr se rascó la frente despacio. Werner Heissenberg había sido su discípulo más brillante. No era nazi pero era allegado a Himmler y se mostraba cerca del poder. La preocupación de Lise era legítima.
-Voy a hablar con Werner en la primer chance que tenga. Es un muchacho impetuoso, pero es demasiado inteligente para hacer locuras. Confío en poder persuadirlo.
-Yo no estoy tan segura. Se lo ve... Entusiasmado.
Bohr se sacó los lentes y los giró lentamente. Se llevó una patilla a la boca y miró por la ventana. Las nubes parecían más grises.
-Como sea, creo que lo prudente es alertar a los ingleses y los americanos. En Estados Unidos lo tenemos a Albert, más popular que Vivien Leigh- Bohr se permitió una sonrisa tibia. Él y Einstein eran amigos y rivales de años. -Si él les habla a los políticos lo van a escuchar.
Lise, con el peso aún vivo de haber traicionado a su gente con su siencio, sentía el vértigo de estar traicionando a su patria con sus palabras.
-¿De veras le parece prudente? ¿Y si desarrollan el arma y la usan contra nosotros?
Bohr suspiró pesadamente. Apoyó un codo en el escritorio y se masajeó el ceño entre su pulgar y su índice. Después de una eternidad se acomodó contra el respaldo, volvió a suspirar y dijo casi sin voz:
-Creo que todos nos hemos divertido en grande los últimos treinta años. La pasamos bomba mientras el mundo se caía a pedazos. Un placer... Pecaminoso casi. ¿No le parece?
Lise lo escuchaba quieta y encogida. Bohr continuó:
-Me temo que nos acaban de mandar la factura.
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